jueves, 13 de febrero de 2014

Reportaje a Marcelo Damiani, autor de "La distracción"

Una amistad marcada por el cine

En su nueva novela, La distracción, Marcelo Damiani realiza un homenaje al cine y a la figura de Caín, heterónimo que utilizaba el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante para firmar sus críticas cinematográficas, a través de dos amigos unidos en la realidad y la imaginación.


Marcelo Damiani nació en Córdoba y está radicado en Buenos Aires.

Por Gustavo Pablos



“Eran jóvenes y malditos, y tenían el mundo y la vida por delante. Fueron años de fiestas, películas, chicas, viajes y lecturas compartidas. Además, habían forjado ese tipo de amistad que nadaba en sobreentendidos y que hacía de las diferencias un campo propicio para el mutuo enriquecimiento. Formaban una suerte de doble tándem indestructible contra la estupidez humana”. De este modo, una de las voces narradoras describe la relación entre Reynaldo Gómez y Nicolás Campriglia, los dos jóvenes cubanos que son los personajes principales de La distracción (Simurg), y exhibe el espíritu de la novela: hacer un homenaje a la amistad cultivada a partir de la pasión por el cine y la admiración hacia Caín, el heterónimo y alter ego inventado por el escritor Guillermo Cabrera Infante para sus críticas cinematográficas en La Habana de la década de 1950.
“La idea de escribir una historia cuyo trasfondo fuera el cine se me ocurrió hace 20 años, leyendo esa novela encubierta que es Un oficio del siglo XX, de Cabrera Infante –señala el autor sobre su nueva novela, publicada a fines del año pasado y que forma una ‘trilogía involuntaria’ con dos anteriores:  y El oficio de sobrevivir–. Pero, como sospechaba que iba a ser muy difícil ponerla en práctica, tardé más de un lustro en empezar el libro, y una década en terminarlo. Sin mencionar uno o dos años de lo que llamo el período estacionario, o sea, aquél en que dejo descansar el texto para que madure un poco, ya que no me gusta publicar antes de escribir, como se estila hoy en día”.
La relación entre estos amigos había pasado por diversos episodios. Uno es el accidente que Nicolás sufrió en su adolescencia y que lo dejó postrado y en coma por mucho tiempo, con la rutinaria visita de Reynaldo al hospital; y otro es la aparición, años después, de Javiera, una extraña y absorbente mujer que, entre otras cosas, contribuye a que los amigos se distancien. Sin embargo, cuando ambos son aceptados para cumplir con una beca en el The Banff Centre for the Arts, una residencia de artistas en un pequeño pueblo canadiense, Reynaldo logra convencer a Nicolás de que vaya. Y viajan ambos, pero acompañados de dos personajes imaginarios productos de la pasión por el cine: uno es Reyni, entidad que aparece cada vez que escriben algo (“un Genio Maligno cartesiano, malvado, sagaz y astuto”) y que tiene como modelo a Caín; y el otro es Aristóteles Hermeto Pascal, nombre que Reyni le ha puesto al “Ingenio Benigno” que dice llevar dentro suyo y al que ha convertido en su “potencial y secreto Abel”. En la residencia conocen a jóvenes y extraños artistas y viven nuevas peripecias, incluso matizadas por la “intervenciones” hilarantes de las entidades imaginarias, pero la amistad, una vez más, se pone en riesgo por los reclamos insistentes de Javiera.
–¿Tuviste primero los personajes o algunas de las historias de la trama? 
–Lo primero que surgió fue Caín y el capítulo platónico que abre el relato. Pero como Caín era una invención de Cabrera Infante tenía que pedirle permiso para usarlo. Por suerte ya nos conocíamos, y además habíamos entablado una muy buena relación. Cuando le conté mi proyecto se rió mucho y, con su inolvidable acento cubano, me dijo: “Pero claro, chico, escribe lo que quieras, aunque te advierto que Caín es muy manipulador’. Luego de ese primer capítulo escribí los otros dos, donde también aparece Caín, y con eso tuve la estructura del libro. El resto, la historia de los críticos en fuga, sus peripecias peripatéticas y su amistad rota por un accidente femenino, entre otras cosas, fluyó bastante fácil.
Homenajes en clave
Como los protagonistas son críticos, el autor decidió intercalar comentarios de películas de Orson Welles, Alfred Hitchcock, los hermanos Coen y Andrei Tarkovsky, entre otros, que funcionan como “divisorios” de ciertas zonas del libro. “Estos textos de algún modo van comentando la trama, como pasa con la música en el cine –argumenta Damiani–. Al final del proceso de escritura surgieron un par de capítulos extras que no tenía planeados y que terminaron integrándose con naturalidad, incluyendo uno, flotante, que sólo se puede leer en mi blog”.

"No quería que fuera una novela uniforme, plana, minimalista, de esas que abundan hoy en día y que generan un alto nivel de previsibilidad, incluso cuando sus autores las defienden, indefendiblemente, argumentando que las escribieron porque sí, sin planes ni mapas, henchidos de felicidad."

En la novela por momentos campea cierto tono nostálgico e incluso melancólico sobre el cine y su presente y su futuro, y que se acentúa algo más hacia el final, además de una reflexión y un homenaje a la figura del crítico representada por Caín. Si bien el autor admite la presencia de esos rasgos, deja en claro que “no fue intencional”. “En este sentido sí creo que una de mis preocupaciones es la de practicar un realismo reflexivo, a diferencia de la irreflexión narrativa de moda”, dice. Y agrega: “Esta novela también surgió a partir del penúltimo capítulo de El oficio de sobrevivir: ‘Critico porque soy crítico’. Cuando terminé de escribir esa parte, protagonizada por Reynaldo Gómez, sentí que era un personaje que tenía resto. Y cual guionista de película independiente, decidí darle su protagónico. Por eso esta es su novela”
.
"A Cabrera Infante le mostré los capítulos de su personaje y me dijo que le gustaron mucho, aunque aclaró que él no los hubiera escrito así."
–En el libro experimentás con diversos registros, a veces un poco más suelto, con juego de palabras y humor, y en otros casos más poético o reflexivo. ¿Por qué te interesó esa variación?
–No quería que fuera una novela uniforme, plana, minimalista, de esas que abundan hoy en día y que generan un alto nivel de previsibilidad, incluso cuando sus autores las defienden, indefendiblemente, argumentando que las escribieron porque sí, sin planes ni mapas, henchidos de felicidad. Yo, en cambio, creo que hay que planear mucho cuando uno no quiere que el lector esté todo el tiempo sabiendo lo que viene en cuanto a tono, trama o lenguaje, algo que es cada vez más difícil de hacer. No sé si lo logré, pero esa era la idea, ya presente en uno de los primeros bocetos de títulos posibles, aunque finalmente descartado: “Los desvíos del camino”.
–Este libro tuvo varios padrinos, ¿no?
–Sí, así es, pero el padrinazgo fue fragmentado y en distintos niveles. A Cabrera Infante, por supuesto, le mostré los capítulos de su personaje y me dijo que le gustaron mucho, aunque aclaró que él no los hubiera escrito así. Algo parecido pasó con Héctor Libertella, cuyo espíritu está en el personaje de Hermeto y en la crítica sobre los hermanos Coen, ya que ambos compartíamos el gusto por sus películas. También sucedió con Roberto Bolaño y Juan José Saer, cuyas presencias son más bien poético-prosaicas, tonales o, incluso, afectivas. Pero, lamentablemente, ninguno tuvo la posibilidad de leer el manuscrito terminado.
–¿Fue intencional que “La distracción” se editara cuando se cumplían exactamente 50 años de la publicación del libro que le dio origen?
–No, pero todos sabemos que en estas cuestiones nada es casual. También hay una relación con el año de la muerte de Bolaño, que es el mismo de la publicación de uno de los mejores ensayos de Libertella, La librería argentina (2003), y con el de mi novela favorita de Saer: Lo imborrable (1993). Además, ya que el libro se abre con un epígrafe suyo, el año pasado también se cumplieron 200 años del nacimiento de Kierkegaard. Estas afinidades numéricas son infinitas.
Trilogía involuntaria
Así como La distracción en parte surgió de uno de los personajes de El oficio de sobrevivir, hay muchos otros motivos por los que junto a El sentido de la vida las tres novelas forman una “trilogía involuntaria”. “Los más obvios son que los tres libros están prologados por Alan Moon, tienen personajes que son amigos y se repiten, situaciones narradas más de una vez desde distintos puntos de vista y a veces con finales diferentes, una concepción fragmentaria de la trama y cierto trasfondo cinematográfico-literario-filosófico-musical”, confiesa el autor. Pero advierte que estas conexiones “no fueron pensadas de antemano”. “En muchos casos surgieron de forma paulatina, y a veces, también, sorpresiva, casi naturalmente. Hay varias relaciones más, pero dejo la posibilidad de su descubrimiento a los lectores. Después de todo, uno también escribe para ellos, ¿no?”, concluye.

La distracción
Marcelo Damiani
Editorial Simurg
Buenos Aires
150 páginas

Perfil. Marcelo Damiani nació en Córdoba en 1969. Es egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y del Bath Spa University College de Inglaterra. Publicó las novelas Adiós, Pequeña, El sentido de la vida (premiada por el Fondo Nacional de las Artes y finalista del Premio Clarín de Novela) y El oficio de sobrevivir; el libro de poemas Pasajeros; el relato biográfico Algunos apuntes sobre mi madre; y la compilación El efecto Libertella. Sus textos han sido traducidos al inglés, italiano y francés, y publicados en antologías, diarios y revistas de Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Cuba, Puerto Rico, Paraguay, México y España, entre otros países.

Ciudad Equis, 06/feb/14
En: http://www.lavoz.com.ar/ciudad-equis/una-amistad-marcada-por-el-cine

 

martes, 11 de febrero de 2014

"Las voces de abajo", de Pablo Melicchio: reseña en Radar Libros


 
libros
Domingo, 9 de febrero de 2014

CAPACIDADES DIFERENTES

En la novela de Pablo Melicchio se aborda el tema de los desaparecidos a partir de un elemento sobrenatural, pero que lleva a una indagación social sobre las heridas que no cierran y los duelos que finalmente sobrevendrán.

Por Martín Kasañetz


Lejos de permanecer pasiva en los libros de historia –y a pesar de algunos sectores de la sociedad que intentan ocultarla– la temática de los desaparecidos en la Argentina existe, de manera activa y en forma creciente, desde los últimos treinta años. Esta especie de zombie histórico que tristemente habita en nuestro país mantiene su supervivencia –más allá de la crueldad de cualquier genocidio– debido a múltiples condiciones pero fundamentalmente a dos, las cuales determinan que su impronta vuelva una y otra vez de (y hacia) la sociedad argentina. En primer lugar, esta temática tiene el componente trágico de imposible resolución que toda muerte tiene, pero además, la situación de injusticia de un Estado ejerciendo violencia sobre su propio pueblo, generando una deuda social inagotable. En segundo lugar, la falta de información que las desapariciones generaron, obligando al horror que proviene de no poder cerrar la historia de una vida. Esta grieta (ésta sí real, no ficticia) se sigue manifestando continuamente en la cultura argentina por medio del cine, la música, y los libros como una forma de buscar respuestas que encuentren algo de comprensión a lo irresoluto.
En Las voces de abajo, Pablo Melicchio aborda esta realidad argentina, pero por medio de una situación sobrenatural: Chiche es un joven con un retraso mental leve que permanece internado en un centro de atención para personas con capacidades diferentes. Un día, trabajando en sus tareas –tiene a su cargo la supervisión de una pequeña granja de animales a los cuales, a modo de terapia, cuida y alimenta– siente una pequeña vibración bajo sus pies que da comienzo a un sonido humano que proviene de bajo la tierra. Chiche comienza a escuchar las voces de un grupo de desaparecidos que fueron asesinados y enterrados bajo lo que hoy es una institución de salud mental. En lugar de alejarse, Chiche toma esta comunicación como algo normal y comienza a dialogar con ellos para luego intentar resolver, a su manera, ciertas necesidades –en especial la de cómo conseguir noticias de actualidad– que ellos le manifiestan. Así comienza su relación con Ernesto, Fernando, Juan y en especial con Dolores, quien busca a su hijo, al que le robaron al momento del parto en un Centro de Detención Clandestino. Chiche también tiene una historia familiar violenta que no logra recordar del todo, sin embargo se siente muy identificado con la voz de Dolores, que le recuerda a la de su madre ausente. En paralelo con esta historia, otro texto más lírico –una especie de reflexión introspectiva en forma de prosa poética– va acompañando la historia de Chiche mientras cuenta la vida de Roberto, que acaba de salir de la cárcel y se encuentra signado irremediablemente por su pasado violento.
Las voces de abajo cruza la tragedia personal que proviene de la violencia que el personaje principal carga en su pasado con la violencia que habita en el pasado reciente de nuestra sociedad y que llega hasta hoy de innumerables formas que necesitan una reparación definitiva por medio de la Justicia. Como puede leerse en la novela: “Ser desaparecidos no es ni una cosa ni otra. Una vez descubiertos va a cerrarse un tiempo profundamente doloroso, para abrirse otra temporalidad, pero más lógica, la del duelo”.