martes, 28 de julio de 2015

Anticipo de "Las mariposas del lujo y otras crónicas de la modernización carioca" de João do Rio






João do Rio



Los trabajadores de la estiba

(1904)

 

A las cinco de la mañana se oía un pitido mecánico rasgar el aire. Ya el muelle, en la claridad pálida de la madrugada, regurgitaba un ir y venir de cargadores, barqueros, hombres de bote y vagabundos mal dormidos al amparo de los quioscos. Lentamente se abrían los bares, aún con los picos de gas encendidos; en el interior los cajeros, perezosos, extendían los brazos en largos bostezos. De las calles que desbordaban en la calzada reventada del muelle afluía gente, sin cesar, gente que surgía de la neblina, con las manos en los bolsillos, tiritando, gente que se metía por las tabernas y se detenía a la vera del quiosco en una gran confusión. Hacia el muelle de la aduana, al lado, un grupo de ociosos miraba a través de los huecos de un vallado, riendo sin control; un cargador, apoyado en la jamba de una puerta, leía, con anteojos, el periódico, y todos gritaban, hablaban, reían, se agitaban en la frialdad de aquel despertar, mientras desde los polícromos botes hombres en camiseta ofrecían, a los gritos, un paseíto por la bahía. En la curva del horizonte el sol de mayo ponía manchas sangrientas y la luz de la mañana se extendía, como se desabotona un lirio, en el cielo pálido.
Había resuelto pasar el día con los trabajadores de la estiba y, en aquella confusión, los veía llegar balanceando el cuerpo, con la comida debajo del brazo, muy humildes. En poco tiempo, el borde del muelle quedó repleto. Durante la última huelga, un delegado de la policía me había dicho:
–¡Son criaturas feroces! Ni de lejos…
Yo veía, sin embargo, esas fisonomías resignadas a la luz del sol y me impresionaban de manera bien diversa. Hombres de excesivo desarrollo muscular, eran todos pálidos –de una palidez empañada, como si les hubieran cosido a la epidermis un papel amarillo, y así, encogidos, con las manos en los bolsillos, parecían un bajorrelieve de desilusión, un friso de angustia.
Me acerqué al primero, le extendí la mano:
–¿Puedo ir con ustedes, para ver?
Él extendió también la mano, mano degenerada por el trabajo, con las falanges combadas y la palma callosa y partida.
–¿Por qué no? Va a ver apenas el trabajo –dijo con voz amarga.
Y quedóse, otra vez, fumando.
–¿Es ahora la partida?
–Sí.
Dos lanchones enormes, remolcados por una lancha, esperaban entre los botes. La mitad de los trabajadores, a los saltos, subió bruscamente hacia los bultos. Salté también. Acostumbrados, indiferentes a la travesía, se sentaron callados, fumando. Un viento frío cortaba la bahía. Un mundo de embarcaciones se movía, abarrotaba el mar, surcaba la superficie de las olas; lanchas oficiales a la carrera, con la bandera al viento; botes, chalanas, lanchones, remolcadores. Pasamos cerca de una chalana quieta y enteramente cubierta por telas impermeables. Un hombre, en lo alto, estiró el brazo, saludando:
–¿Quién es ese?
–Es José. El vigía de la chalana. Pasó todo el día allí cuidando la mercadería de los patrones. Los ladrones son muchos. Entonces, queda un responsable por todo, la noche entera, sin dormir, y gana seis mil reis. A veces, los ladrones atacan a los vigías despiertos y el hombre, solo, tiene que defenderse a los tiros.
Civilizado, tuve este comentario frío:
–Debe de estar con sueño, José.
–¡Qué va! Ese es de los que redoblan días y días. Con mujer y ocho hijos precisa trabajar. ¡Ah! Mi señor, hay hombres, por todo este mar, cuyos hijos de seis meses aún no los conocen. Salen de casa a la madrugada. José está a la espera de que la aduana anule el límite de la carga, que no es extranjera…
Otras chalanas se perdían inmóviles en la claridad del sol. Nosotros pasábamos entre las lanchas. A lo lejos, bandadas de gaviotas rayaban el azul del cielo y el Cais dos Mineiros ya se perdía distante en la niebla vaga. Pero nosotros avistábamos otro muelle con un almacén al fondo. A la orilla de ese muelle, lanchones enormes esperaban mercaderías; y, arriba, formando un círculo ininterrumpido, hombres de brazos desnudos salían corriendo desde el interior de la casa, tiraban el saco en el lanchón, daban la vuelta a la disparada, volvían a salir al galope con otro saco, sin cesar, continuos como la correa de una gran máquina. Eran sesenta, ochenta, cien, tal vez doscientos. No los podía contar. La cara escurriendo sudor. Los pobres surgían del almacén como flechas, y como flechas volvían. Un clamor subía a los cielos pregonando el servicio:
–¡Uno, dos, tres, veintisiete; cinco, veinte, diez, treinta!
Y la ronda continuaba diabólica:
–¿Aquella gente no se cansa?
–¡Qué va! Trabajan así horas, sin parar. Cada saco de esos tiene sesenta kilos y para transportarlo al lanchón pagan sesenta reis. Algunos pagan menos: dan solo treinta reis, pero, incluso así, hay quien saca dieciséis mil reis por día.
El trabajo de la estiba es complejo, variado; existe la estiba del aguardiente, del bacalao, de los cereales, del algodón; cada una tiene sus empleados, y hay hombres que solo sirven a ciertas y determinadas estibas, siendo para ello registrados.
–Es mucho –dije.
–Sin embargo, pasan días sin conseguir trabajo e imagine cuántas corridas son necesarias para ganar la fabulosa cantidad…
La lancha se alejó un poco. Nos dirigíamos hacia el hueco donde el navío que debía salir aquella noche fondeaba, todo de blanco. Era el comienzo del día. A bordo quedó un grupo de hombres, y yo con ellos. El equipo se divide así: uno en la grúa, cuatro en la embarcación, ocho en la bodega y cuatro en el combés. Eso cuando la carga es seca. El vapor cargaba café.
Apenas atracó el lanchón, treparon por las escalas, rápidos; ocho hombres desaparecieron en las fauces abiertas de la bodega, se desvistieron, mientras los otros rodeaban la grúa y las cadenas de hierro comenzaban a ir y venir de la bodega al lanchón, del lanchón a la bodega, cargadas de sacos de café. Era regular, matemático: la oscilación de un lento y formidable reloj.
Aquellos seres estaban unidos a las grúas; eran parte de la máquina; actuaban inconscientemente. Quince minutos después de iniciado el trabajo, sudaban arrancándose las camisas. Solo los negros trabajaban calzados con zuecos. Y no hablaban, no decían palabras inútiles. Cuando la pila estaba lista, alzaban la cabeza y esperaban la nueva carga. ¿Qué hacer?  ¡Aquello debía proseguir hasta las cinco de la tarde!
Bajé a la bodega. Una atmósfera de caldera sofocaba. Cuando las cadenas caían del brazo de hierro, uno de los ocho hombres se precipitaba hacia ellas, las soltaba y los otros retiraban los sacos.
–¡Eh! ¡Ahí!
De nuevo había un rodar de hierros en el combés, las cadenas subían en cuanto ellos arrastraban los sacos. Desde lo alto la claridad caía produciendo una burbuja de luz, que se apagaba en las tinieblas de los rincones. Y la gente, al mirar hacia arriba, veía holgazanes caballeros de pijama y gorrita, con el aire de quien descansa del baño mientras aprecia la labor ajena. A veces, las cadenas quedaban un poco alto. Ellos se agarraban de las paredes de hierro con pasos vacilantes entre los sacos y, extendiendo el tronco desnudo y sudoriento, sus manos prensiles tiraban de la carga con esfuerzos titánicos.
–¡Eh! ¡Ahí!
En la embarcación, afuera, los mismos movimientos, el mismo gasto de fuerzas y de tal forma regular que en poco tiempo eran movimientos que se correspondían, regulados por la trepidación de la grúa, los esfuerzos de los que se extenuaban en la bodega y de los que se quemaban al sol.
Trabajaron así hasta horas avanzadas de la mañana, indiferentes a los botes, a las lanchas, a la animación especial del navío. Cuando llegó la hora de la comida, no se reunieron. Los de la bodega se quedaron ahí mismo, con la respiración entrecortada, resoplando, engulliendo el pan, sin voluntad.
Seguramente comprendieron por mi cara que yo los compadecía. Vagamente, habló el primero; otro me dijo cualquier cosa y pude oír las ideas de aquellos cuerpos que el trabajo revienta. La principal preocupación de esos entes son las firmas de los estibadores. Las conocen de memoria, citan de seguido, sin errar una: Carlos Wallace, Melo y François, Bernardino Correia Albino, Empresa Estibadora, Picasso y Cía., Romão Conde y Cía., Wilson, Sons, José Viegas Vaz, Lloyd Brasileiro, Capton Jones. En cada una de esas casas el personal varía en número y hasta en salario, como por ejemplo el Lloyd, que siempre paga menos que cualquier otra empresa.
Los hombres con quienes hablaba tienen una fuerza de voluntad increíble. Hicieron con el propio esfuerzo una clase, la impusieron. Hace doce años no había pillo que, visto en Gamboa, no se ofreciese inmediatamente como trabajador de estiba. En ese tiempo no existía la asociación, no existía el sentimiento de clase y los pobres extranjeros contratados en la Marítima trabajaban por tres mil reis diez horas de sol a sol. Los operarios se reunieron. Después de la revuelta, comenzó a hacerse sentir el elemento brasileño y, desde entonces, hubo una larga y obstinada conquista. Un hombre preso que diga dedicarse a la estiba, horas después es confrontado con un socio de la Unión y tiene que presentar su recibo del mes. Hoy están todos unidos y ejercen una mutua policía para la moralización de la clase. La Unión de Operarios Estibadores consigue, con unos estatutos que la defienden hábilmente, su noble fin. Los defectos de la raza, las disputas, los desórdenes se castigan; la extinción de los pequeños robos, que antiguamente eran comunes, merece un celo extremo de la Unión, y todos los socios, que tienen como directores a Bento José Machado, Antônio da Cruz, Santos Valença, Mateus do Nascimiento, Jerônimo Duval, Miguel Rosso y Ricardo Silva, se esfuerzan, estudian, se sacrifican por el bien general.
¿Qué quieren ellos? Apenas ser considerados hombres dignificados por el esfuerzo y la disminución de las horas de trabajo, para descansar y para vivir. Uno de ellos, delgado, de barba agreste, partiendo un pan empapado de sudor que le goteaba de la frente, me habló, en un grito de franqueza:
–¿El problema social no tiene razón de ser aquí? ¿Ustedes no saben que este país es rico, pero que se muere de hambre? ¿Es más fácil reventar a un trabajador que a un ratero? El capital está en manos de un grupo reducido y hay demasiada gente sin trabajo alguno. No crea que nos basta el discurso de algunos señores que quieren ser diputados. Vemos claro y, desde que se comienza a ver claro, el problema surge complejo y terrible. La huelga, ¿usted cree que no hicimos bien con la huelga? Eran nueve horas de trabajo. ¡En todas partes del mundo los marineros decían que el trabajo de estiba era solo de siete!
¿Hicimos mal? Pues aún no tenemos lo que deseamos.
La máquina, en el combés, había recomenzado a trabajar.
–Los patrones no quieren saber si quedamos inútiles por el exceso de servicio. Mire, vaya a la Marítima, al Mercado. Encontrará a muchos de nosotros reventados, mendigando, recogiendo las sobras de comida. ¡Cuando se acercan a las compañías a las que dedicaron toda su vida los corren!
¿Qué fue a hacer allá? ¿Trabajó? Le pagaron: ¡a la calle! ¡Toda la fraternidad universal se cifra en este horror!
Desde lo alto cayeron cinco sacos de café mal sujetados a la cadena. Él sonrió, amargado, se abalanzó hacia el lugar y, de nuevo, se oyó el pavor de la grúa sacudiendo las cadenas de donde se sostenían dieciocho hombres estropeados. Hasta la tarde, apoyado en los sacos, vi llenarse la vastedad de la bodega de vahos y oscuridad. No se detuvieron. Cuando dieron las cinco uno de barba negra me tocó en el brazo:
–¿Por qué no se va? Están tocando la campanilla. Nosotros nos quedamos para el turno de la noche… Trabajamos hasta medianoche.
Subí. Los hierros resonaban siempre con la música siniestra. De espaldas a la amurada, damas con roces de sedas y caballeros extranjeros en smoking menospreciaban, en inglés, las bellezas de nuestra bahía; en el bar, literalmente lleno, al estallar del champagne, un joven colorado por el alcohol y el calor levantaba una copa diciendo:
–Saludemos a nuestro querido amigo que París recibirá…
Alrededor del paquebote, lanchas, maletas, cargas, imprecaciones, gente queriendo empujar sus equipajes, cargadores, silbidos, un brouhaha formidable.
Un caballero lleno de brillantes, en el portalón, me preguntó si yo no había visto a Lola. Bajé, me metí en un bote, le hice dar una vuelta para ver una vez más aquella muerte lenta entre las cargas. La tarde había caído completamente. Ritmados por el arrastrar de las cadenas, los cuatro hombres, dirigidos desde el combés del steamer, cargaban, tiraban siempre desde dentro del lanchón más sacos, siempre sacos, con las manos deformes, las uñas moradas, sudando, reventando de fatiga.
Uno de ellos, sin embargo, joven, cuando mi bote pasaba cerca del lanchón, se curvó, con la fisonomía angustiada, vomitando sangre.
–¡Oh! ¡Diablos! –dijo el otro, dándose vuelta–. ¡Es José que no puede más!


[Traducción del portugués de Gastón Sebastián M. Gallo]