lunes, 15 de febrero de 2016

Estimados segundones



Qué reñido con la ética el comportamiento de tantos "editores".
Random House Mondadori, para publicitar la reciente edición española de los cuentos de César Aira (ahora con el nuevo título de un viejo relato publicado por Eloísa Cartonera, El cerebro musical), anuncia hasta en las gacetillas de prensa que se trata de una versión ampliada de Relatos reunidos con tres textos "inéditos" de corte autobiográfico. Faltó una mínima aclaración: inéditos en otra galaxia... Porque, desconfiable olvido, en la nuestra, los tres relatos falazmente anunciados como tales formaron el volumen que hace casi veinte años tuve la posibilidad de editar con el título de Taxol precedido de Duchamp en México y La broma (ISBN 987-95510-4-4).
No tiene mayor importancia. El marketing, lo sabemos, se impone por sobre la veracidad de la información. Lo tomaré, con la sabiduría de los años, como un nuevo “elogio” hacia mi editorial, digno de sumarse a otros menoscabos menores: el ninguneo que en algún reportaje intentó el editor segundón al pretender hacer de la original edición de Los sorias (la de Simurg, con prólogo de Ricardo Piglia y tapa de Guillermo Kuitca) una publicación "privada", "académica", “sin circulación”. Por cierto, la única contribución personal de este aprovechado comerciante fue la de arruinar la novela, pues mutiló el archivo digital que recibió diseñado y corregido, y terminó por imprimir el libro con un capítulo menos.
Con el tiempo, también me he acostumbrado al pirateo de títulos de mi catálogo. Las Aguafuertes vascas, de Arlt, tentaron a la editorial Txalaparta, que se las ingenió para inventarle en portadilla un nuevo compilador, aunque olvidó luego de continuar el disimulo hasta los anuncios publicitarios donde reproducían literales palabras de la contratapa de Sylvia Saitta. Últimamente, he llegado a conocer la perplejidad de las traducciones sin autorización -y sin pago de derechos. Baste con mencionar el librito de Alberto Laiseca, Comment j’ai mangé une côtelette de Napoléon & Ma femme, editado en Francia con la entusiasta complicidad de los propietarios de Le nouvel Attila y La Guêpe cartonnière.
Otros disimulos casi no valen por tales: he visto circular ejemplares de El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza, impresos por un piratón porteño, mercante refugiado en internet y simulador de una edición mexicana, “impresa en Monterrey”… Ahora, la editorial 800 golpes vuelve a publicar las crónicas de En el país del viento. Viaje a la Patagonia (1934), con dos ediciones en mi sello, bajo el título de Aguafuertes patagónicas y la misma firma de Saitta en la compilación; agregan, al menos, algo: unas pocas fotos tomadas por Roberto Arlt. Si no fuera porque el espíritu de vanagloria de ser un editor segundón se ha difundido ampliamente, ¿no sería mejor reunir algo del material inédito de Arlt, que da para más de diez tomos?
La variedad del comportamiento ambiental no se agota, por cierto, en señalamientos tan evidentes. A veces, alcanza con la insidia velada de una solapa biográfica -como la que la editora a sueldo de Eterna Cadencia decidió para su reedición, esta vez legal, de El desierto y su semilla-, en la que innecesariamente se destaca que “su única novela, se publicó en 1998, en una edición pagada por él mismo”. Sí, claro, la de Simurg… pagada por Jorge a pesar de mi consejo de publicarla en un sello de mayor alcance o esperar unos meses hasta que dispusiera de un retorno financiero invertido en otros títulos. Pero no solo “cobré” la edición: me tomé el trabajo de corregir puntillosamente el libro, pude convencer a Jorge de que no le impusiera un título truculento (en algún momento insistió con Descaro) y, entre otros menesteres de la corrección literaria, a veces menores y otras no tanto, logré soslayar movimientos y supresiones de bloques que habrían disminuido en algo su formidable calidad. De esto, y de tantas otras cosas, la responsable editorial de Eterna Cadencia no tiene noticias: le basta el señalamiento banal de cuestiones económicas en coto ajeno, y de este modo parece alejarse de cuestionamientos más personales y directos, que atañen a su propio ámbito laboral y al capital de trabajo del que dispone, pues muchos no desconocemos el hilo histórico que de Eterna Cadencia (sin por ello echar sombra alguna de sospecha en la figura personal de su propietario, afortunado heredero) se remonta de manera directa, mediante herencias familiares y legados transgeneracionales, a la explotación obrera del latifundio y la terrible masacre en la estancia patagónica. Por cierto, si en vez de haber publicado a Baron Biza yo hubiera elegido ser editor de los ensayos de Osvaldo Bayer todavía contaría con sus obras en mi catálogo…
Editores de aquí y, también, de allá: argentinos, vascos o franceses. Pero una constante regular: cada vez más ignorantes, holgazanes y aprovechadores del trabajo ajeno. ¿De literatura? Bien, gracias… Que alguien se ocupe antes de nosotros.